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Cronología del fútbol: 1938, algo más que el año de un Mundial

12 octubre 2012

Hablar de 1938 implica hacerlo del Mundial celebrado en Francia y que se organizó rodeado de la polémica y de ciertas novedades que aún hoy día se mantienen. En un año sinónimo de fútbol existen otras variables que completan esta ecuación. El nacimiento de uno de los futbolistas y entrenadores más carismáticos del fútbol español no puede pasar desapercibido. Se trata de Luis Aragonés, cuya trayectoria siempre estuvo unida a la del Atlético de Madrid aunque el éxito que más alegrías ha dado a la afición española fue llevar a la selección a conseguir la Eurocopa de 2008 e iniciar con ese premio una de las etapas más gloriosas con proyección internacional. En su etapa como jugador se recuerda aquel gol que anotó en la final de la Copa de Europa de 1974 que acercó a los colchoneros al título pero que otro tanto del alemán Schwarzenbeck en los últimos segundos esfumó todas las opciones que tenían. Aún así, Luis llegó a ser pichichi (1969-70) gracias a su capacidad organizativa, que luego trasladaría a su faceta como entrenador, pero sobre todo a la goleadora. Por su envergadura y constitución era un jugador lento con una peculiar forma de correr que era fácilmente reconocible por cualquier seguidor. Su carácter cascarrabias, que conforme han pasado los años se ha acrecentado, le ha supuesto que al pensar en él se entremezcle una imagen entrañable con la de alguien que no se priva de decir lo que piensa, por mucho que pueda generar polémica con sus declaraciones.

José Altafini “Mazzola” no era consciente cuando nació en 1938 que estaba predestinado a tener un hueco especial en el fútbol. A principios de los 60 cuando militaba en un club poco amigo de los fichajes extranjeros, el AC Milan, y acompañaba a Gianni Rivera,Trappatoni o Cesare Maldini, entre otros, tuvo la oportunidad de demostrar su valía. El sobrenombre de Mazzola le vino por el parecido físico con Valentino Mazzola del Torino. En la temporada 1962-63 sustituyó a Vavá en la selección brasileña  aunque también era internacional con Italia por su doble nacionalidad. Aunque han pasado alrededor de cincuenta años, se sigue posicionando como uno de los tres máximos goleadores de la Serie A. Fue el autor de los dos goles en la final ante el Benfica y fue decisivo para la consecución del título a lo largo de todo el campeonato gracias a sus catorce goles.

La historia de Guy Roux es fascinante. Desde 1961, primero como jugador, hasta 2005, como entrenador estuvo vinculado al AJ Auxerre. El punto de inflexión en su carrera se produjo en mayo de 1960 mientras trataba de consolidarse como mediocentro en un equipo Regional, el Limoges. Viendo lo complicado que resultaba, decidió repartir su tiempo para hacerse con el título de entrenador. Tras disfrutar de una beca en el Crystal Palace acudió como un aficionado más a ver un amistoso entre el Auxerre y el Crewe Alexandra. Al comprobar que los visitantes estaban pasando apuros para finalizar el encuentro debido a la existencia de varios lesionados, decidió en el descanso buscar a algunos futbolistas entre el público y pedir prestados a algunos de los locales para poder cumplimentar los noventa minutos. Aquella mitad le sirvió para despertar el interés de Jean Gernault que le ofreció regresar al club, ante lo que Guy respondió que solo aceptaría si él ejercía de jugador y entrenador al mismo tiempo. La respuesta del presidente permitió que en julio de 1961, con 23 años, fuera el técnico más joven del club. Aquello no fue una relación pasajera sino que se convirtió en un matrimonio que duraría cuarenta y cuatro años durante los cuales pudo disfrutar del éxito ascendiendo hasta colocar al club en la Ligue 1, de diversas participaciones europeas y títulos y tutelando jugadores como Laurent Blanc o Eric Cantona. Su implicación fue tal con el equipo, que él mismo ha reconocido, que cuando se retiró del banquillo por su cabeza pasó la fría sombra del suicidio. Sus escarceos con la política, el periodismo, su colección de gorros y su sobreprotección hacia los jugadores, a quienes no dudaba en ir a buscar a las discotecas e incluso realizar un seguimiento al cuentakilómetros de sus coches para comprobar su recorrido, le convirtieron en un técnico especial.

Mientras que Luis Aragonés, José Altafini o Guy Roux veían la luz por primera vez en 1938, la vida de Stephen Bloomer se apagaba. Se trata de las letras del abecedario del fútbol por su facilidad goleadora que le llevaron a ser candidato a mejor futbolista en el siglo XIX y a protagonizar el himno del Derby County: Bloomer’s Watching. En España le conocieron por su paso por el Real Irún y la Copa que le dio al equipo en 1924.

Idas y venidas en un año marcado por un acontecimiento de repercusión internacional. En 1938 se celebró el Mundial en Francia. Contra todo pronóstico, los franceses se hicieron con la organización ayudados de la mano de Jules Rimet. En un principio se suponía que debía celebrarse en un país americano, con Argentina como mejor posicionada para ello. Sin embargo, motivos principalmente económicos trasladaron la sede al Viejo Continente donde Francia, el país del presidente de la FIFA, sería la anfitriona a pesar de no estar preparada para tal acontecimiento y tener que remodelar estadios a marcha forzada, construir alguno en tiempo record y “redecorar” el templo del rugby, Chapou de Touluose. Para compensar por la decisión francesa, Rimet decidió introducir algunas novedades en el torneo como la inscripción de 22 jugadores por selección o los dorsales en las equipaciones. La más cuestionada decisión fue la de permitir que en caso de empate pudiera haber dos campeonas del mundo que compartiría la copa teniéndola dos años cada país ganador.

Tras la negativa de Argentina, por razones obvias, Uruguay y Inglaterra tampoco acudieron a la cita. Que tres de los veinte mejores equipos no acudieran fue un jarro de agua fría para la organización. Temiendo que imitasen aquel movimiento otros combinados decidieron ofrecer compensación económica por el tiempo que los jugadores estaban en el mundial. Por parte española, tenían excusa para no acudir por estar en plena Guerra Civil. Aunque las ausencias fueron considerables, futbolísticamente hablando se trata de un Mundial enriquecedor. A pesar de tratarse de un torneo protagonizado por el gol gracias a expertos como Leónidas en Brasil, Silvio Piola en Italia, Gyorgy Sarosi en Hungría y Oldrich Nejedly por Checoslovaquia, fue la primera vez en aparecer, con sus matices, el sistema ultradefensivo del cerrojo de la mano de Vitorio Pozzo para Italia. Esta selección y la húngara fueron las que disputaron la final. El telegrama que recibieron los internacionales italianos de parte de Mussolini la noche antes fue decisivo para conocer la actitud con la que saltarían al campo. “Vencer o morir” decía el mensaje. Y vencieron a pesar de la fortaleza y efectividad de Hungría en la delantera y de que la igualdad en los últimos minutos mantuviera en vilo a todos los aficionados sin saber la balanza a favor de quién se decantaría. De esta forma, ganar también en 1938 era el colofón a un ciclo iniciado en el Mundial del 34 y continuado con los Juegos Olímpicos del 36 por el que Italia se ganaba el respeto con una forma de juego característica basada en la solidez defensiva sin renunciar al contraataque.

From → Fútbol, Historia

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