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El ‘Abecedario’ del fútbol – R: Gaspar Rubio, el “bad boy” español

28 mayo 2012

Un jugador con cualidades como buena colocación, regate, remate desde cualquier posición con ambas piernas y la cabeza, astucia, excelente olfato anotador y mucho gol debería pertenecer al selecto club de los mejores, al menos, de su época. De no recibir este reconocimiento, solo puede deberse a que el talento no suele ir acompañado del comportamiento ejemplar. Y así es. Gaspar Rubio no recibió los apodos de “rey del astrágalo” o “rey Gaspar” por sus extraordinarios goles sino por su engreimiento. De hecho, el primero de ellos, por sus desmedidas quejas sobre ese hueso. Era tan magistral con un balón en los pies como imprevisible, indisciplinado o aventurero sin él. Sus alocadas excentricidades que se sucedieron a lo largo de su carrera provocaron que encajara en pocos equipos.

Gaspar Rubio

Gaspar Rubio nació en Serra a finales de 1908 y con dieciocho años debutó en el Levante. El primer club en aparecer en la extensa lista de todos por los que pasó en su carrera y en los que estuvo como máximo dos temporadas de manera continuada: Real Madrid, Atlético de Madrid, Valencia o Recreativo fueron algunos de los más destacables. Sus alocadas excentricidades ninguneaban el talento con el que había sido dotado para el fútbol, como cuando decidió abandonar prácticamente de manera repentina el conjunto blanco para jugar en Cuba.

No fue la única anécdota que se le recuerda. Cuando llegó a Madrid fue muy cuestionado por la prensa que lo veía como un chico pueblerino y cateto. A lo largo de los años ha trascendido la famosa pregunta que le hicieron a su llegada sobre cómo le gustaba marcar los goles. A lo que respondió tranquilamente: “Si centra el extremo izquierda la paro con la derecha y chutó a gol con la izquierda. Si centra el extremo derecha, la paro con la izquierda y con la derecha tiro a gol”. Le tomaron por tonto hasta que aquella jornada anotó dos goles de la manera exacta a como lo había narrado a la prensa. Fue suficiente para que dejaran de reírse de él.

Uno de sus apodos, el rey Gaspar, fue consecuencia de la prepotencia que se le reprochaba y que le llevaba a realizar apuestas sobre los goles que pretendía anotar en el encuentro. Aseguró que le marcaría al mismísimo Zamora cinco goles que nunca llegaron a hacerse realidad. Sin embargo, cuando marcó a Inglaterra en el Metropolitano cumplió con lo predicho. El resto de sobrenombres – “El rey del área”, “El mago del balón”- hacen alusión a su maestría y perfecto control de la pelota en carrera con facilidad para el regate. Era un genio indomable cuyo carácter le pasaba factura en la relación con los directivos, que al poco tiempo de ficharlo no sabían cómo deshacerse de él. Sus promesas de regeneración no llegaban a cumplirse, provocando una pendiente de desánimo y descrédito que desperdiciaron por completo las cualidades futbolísticas que todo el mundo le reconocía y que le podían haber convertido en uno de los mejores de todas las épocas. Además, sus virtudes se apocaban cuando prefería retorcer la jugada por puro placer ornamental.

Con el Real Madrid anotó 73 goles en 75 partidos, mientras que con la selección su media realizadora superó los dos por encuentro, aunque solo jugó cuatro veces. De haber sido inglés, tendría un hueco entre los “bad boys” geniales junto a Gallacher, Best, Gascoigne o Rooney pero era español y su personalidad empequeñeció al gran futbolista que era. Gaspar Rubio era esa clase de jugadores odiado por entrenadores y cuerpo técnico por dividir plantillas, como le sucedería en Valencia al partir el bloque en dos por sus choques con Pasarín, pero que al que la afición adoraba. Tras colgar las botas decidió entrenar a equipos españoles (Balompédica Linense, Levante, Hércules, Granada, Atlético Baleares, Orihuela, Onteniente y Lérida) hasta que cruzó el charco para acabar en México en el Atlante, país en el que fallecería en 1983. Se ponía fin a la vida de un rebelde cuyo carácter indómito influyó en el futbolista que aún se recuerda.

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