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El ‘Abecedario’ del fútbol – M: Giuseppe Meazza, la estrella que comenzó como utillero

23 abril 2012

Giuseppe Meazza tiñó de color el fútbol en blanco y negro. Su pasión por este deporte, al que entregó su vida desde temprana edad, le llevó a convertirse en uno de los más brillantes jugadores italianos de todos los tiempos. Aún estaba en el vientre de su madre y ya estaba marcando goles. Siendo un niño tenía claro cuál sería su futuro así que no perdió el tiempo y fundó un equipo con el pretencioso nombre de “Los Maestros Campeones”. Toda una declaración de intenciones que lejos de parecer engreído demostraba su enfermizo y obsesivo amor por el fútbol.

Su infancia estuvo marcada por la temprana muerte de su padre lo que le llevó a pasar gran parte de su tiempo en la fábrica de curtidos de pieles de su tío. Allí trabajaba mientras soñaba con calzarse la botas para dar las alegrías futbolísticas que su país necesitaba. No tardaría en hacerse realidad aquella ilusión. Ya en los juveniles del Inter despertó la atención del entrenador del primer equipo. Su exquisita técnica, la facilidad para hacer gol, el profundo entendimiento del juego y su elegancia le decían a Árpád Weisz que tenía ante sí a uno de los jugadores con más talento de Italia. La carencia de experiencia hizo que acompañara al primer equipo al torneo de Como en calidad de utillero. La nefasta puesta en escena del conjunto en el primer encuentro  provocó que se introdujeran numerosos cambios de cara al segundo partido. Para mejorar el rendimiento ante el Bolonia dio la oportunidad de debutar al imberbe Meazza. La sobresaliente actuación del niño, que marcó dos goles, le dio la titularidad en el Inter que no abandonaría hasta su retirada.

Entre sus apodos destacan el de “Peppino” y el de “Balilla”. Este último era el nombre familiar con el que se conocía en Italia a los niños fascistas, el equivalente de “flecha” en España. Con apenas veinte años fue decisivo para el Inter en la consecución del campeonato italiano de 1930 – aún le faltarían otros dos títulos más con el equipo de Milán- proclamándose máximo goleador de la campaña. El reconocimiento del profesionalismo aquel año supuso un trampolín para el fútbol italiano que si ya iba en ascenso, en los años treinta se convirtió en uno de los grandes y su selección en la mejor, bajo la dirección deportiva de Vittorio Pozzo y la federativa de Leandro Arpinati, primero, y después de 1933 del fascista Giorgio Vaccaro.

 Aunque los éxitos con su equipo le llenaban de satisfacción, nada le hizo más feliz que representar a su país. La primera vez que alcanzó la gloria con la selección fue en 1933 al anotar tres de los cinco goles con los que Italia derrotó a Hungría en Budapest. Un impresionante 0-5 en gran partido de Giuseppe Meazza y en el que Italia alineó algunos de los hombres que cuatro años más tarde se proclamarían campeones del mundo como Combi, Caligaris, Ferraris, Monzeglio y Orsi.

En 1934 Italia acogía el Mundial de fútbol y su selección estaba lejos de ser una de las principales potencias futbolísticas, al menos a priori. Por aquel entonces, mientras miles de italianos huían a Sudamérica para escapar de las garras de Mussolini o del hambre, un puñado de futbolistas volvía a la tierra de sus antepasados seducido por contratos millonarios, pese a que el profesionalismo no estaba permitido oficialmente. Así aterrizaron figuras como Luisito Monti, Raimundo “Mumo” Orsi y Atilio Demaría, todos ellos internacionales argentinos. La reglamentación de la época permitía cambiar de camiseta nacional tras un periodo de tres años, pero la FIFA se mostró condescendiente y acortó el plazo para que jugadores como Monti y Demaría pudieran enfundarse la zamarra italiana en el mundial. De esta forma, con la Juventus como columna vertebral, la clase de los oriundos, el incomparable Giuseppe Meazza y el espíritu ganador que Vittorio Pozzo les inculcó se presentaban a su mundial.

Se estrenaron ante EEUU en el estadio del Partido Nacional Fascista de la capital italiana, que tenía forma de U como los de la antigua Roma en la que se celebraban las carreras de cuadrigas inmortalizadas en Ben-Hur. El campo era también alargado para hacer juego con la U, medía 110 metros de largo por 65 de ancho, al límite de las medidas del reglamento. Con esto quedaba patente que el régimen de Mussolini tomó del Imperio Romano más símbolos que el brazo en alto de las legiones romanas. No tuvieron problemas para ganar a los estadounidenses por 7-1 donde Meazza contribuyó con un gol.

Más tarde en cuartos de final se produjo el duelo mediterráneo entre Italia y España en lo que se conocería como la Batalla de Florencia. El partido más violento que se había visto en Europa hasta el momento: rivalidad deportiva horneada a fuego lento durante años unida a las connotaciones políticas de la época. En aquel encuentro, Meazza desaprovechó durante la prórroga una ocasión que provocó la desesperación de los italianos.La final la pudo ganar tanto Checoslovaquia como la anfitriona pero a los cinco minutos del comienzo del tiempo extra, Meazza, arrinconado en una banda porque se había lesionado poco antes, se quitó de encima el balón pasándoselo a Guaita y éste a Schiavio que, exhausto, lanzó un disparo que se convirtió en el gol que diera a la squadra azzurra el primer Mundial.

En la siguiente cita mundialista se recuerda el choque con Brasil en la semifinal. Durante la segunda parte Italia demostró quién estaría en París. En cinco minutos Colaussi y Meazza, éste último de penalti, amargaron la fiesta a los brasileños. El máximo castigo significó la puntilla y el capitán “Peppino” lanzó un disparo con la pierna derecha mientras se sujetaba el pantalón con la mano izquierda porque se le caía al habérsele roto en una jugada anterior contra un jugador brasileño. Fue la imagen del partido, un gol que resumía el encuentro y ponía a cada uno en su sitio, a ellos en la final que ganarían a Hungría (4-2) obteniendo el segundo título Mundial de manera consecutiva y a Brasil con las maletas de vuelta a casa.

Además de en el Inter de Milán, Giuseppe Meazza pasó por el AC Milan, la Juventus y Atalanta ante de regresar a su casa. Intervino en 440 partidos de Liga y marcó 269 goles. Se han destacado muchas cualidades de Giuseppe Meazza. La mayoría de sus paisanos coincidían en que era el mayor talento que había dado el fútbol italiano hasta tal punto que en 1979 el mítico estadio de San Siro fue bautizado con su nombre.

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