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El ‘Abecedario’ del fútbol – K: Mario Kempes, su hora en el Mundial

9 abril 2012

El esplendor que alcanzó su punto culminante en el Mundial de Argentina 78 le duró poco, quizá relegado a un segundo plano por la aparición de Maradona. Aún así Mario Alberto Kempes merece tener un hueco entre los mejores delanteros de la historia. Un lugar que en ocasiones y con cierta injusticia no se le concede. Sumando su técnica, velocidad y potencia, imprescindibles en los atacantes, se puede decir que el argentino sacaba una más que notable nota, sobre todo si se tienen en cuenta las dos últimas cualidades. A Kempes le gustaba arrastrar a los defensas y, si era necesario, hasta los metía en la portería junto al balón. De esta forma logró muchos goles y varios de ellos varios llevaron a Argentina al título mundial. No se consideraba un jugador de área pequeña, sino un ciclón que no necesitaba del equipo para fabricarse goles agónicos tras portentosas galopadas en las que siempre parecía estar a punto de perder la pelota. Lejos de perderla, terminaba consiguiendo su objetivo, marcar el gol.

“El Matador”, como comúnmente se le conocía, fue el jugador a destacar en el Mundial de 1978. Su país era el anfitrión pero su selección no daba buenas vibraciones a la afición tras la decepcionante imagen mostrada en una serie de partidos de preparación. Durante los mismos se produjo un carrusel de alineaciones que el seleccionador fue rotando con el fin de obtener el once más competitivo. Tal era la inseguridad de Menotti que no quería enfrentarse a algunas selecciones, entre ellas Irán. Como suele ocurrir en estos casos, los deseos del anfitrión se cumplieron. Además, el técnico pudo disponer durante varios meses de los jugadores preseleccionados que, de esa manera, se vieron dispensados de jugar con sus respectivos equipos. Esta medida no afectaba a los futbolistas que actuaban en Europa, de los que solo Wolff, Piazza y Kempes parecía contar con posibilidades de integrar la lista definitiva.

Cuando dio los nombres de los escogidos, Menotti solo hizo una excepción: Mario Alberto Kempes fue el único ‘extranjero’ convocado. La selección de veintidós jugadores que acudiría al Mundial estuvo rodeada por la polémica. Aparte de la exclusión de los que pertenecían a clubes en el exterior se produjeron las renuncias voluntarias de Jorge Carrascosa y del portero Hugo Gatti. Éste último se autoexcluyó por culpa de una lesión de rodilla, aunque no le impidió seguir jugando con su equipo el Boca Juniors. Otras versiones apuntan a que en realidad al Loco no le hacía gracia la competencia con Fillol, el guardameta del River Plate con el que mantenía una agria rivalidad y que se perfilaba como el preferido del seleccionador.

Argentina fue haciéndose paso en el torneo hasta llegar a la final con mayor o menor fortuna. Se disputó el 25 de junio en el Monumental de Buenos Aires. Fue un partido tenso y duro entre la anfitriona y Holanda. Los locales retrasaron cinco minutos su salida de los vestuarios y luego protestaron por el vendaje que cubría uno de los brazos de René Van de Kerkhoff. El árbitro, el italiano Gonella, dio la razón a los argentinos por lo que los holandeses, encabezados por Johan Neeskes, amenazaron con retirarse. En medio del desconcierto, el gemelo de Willy se cubrió el vendaje con otro más duro que en nada parecía mejorar al anterior, pero fue suficiente para que Gonella lo autorizara a jugar. Con una enorme tensión en el césped y en las gradas la primera parte transcurrió entre patadas escalofriantes y peligrosas. Como había ocurrido en el resto del torneo, el árbitro se mostró complaciente y optó por mantener a los veintidós jugadores en el campo.

A los 38 minutos Kempes, que no había marcado en la primera fase pero estaba resultando efectivo en la segunda, realizó una de aquellas jugadas plenas de potencia, velocidad, coraje y algo embarulladas que fueron el verdadero sello del campeonato. El delantero del Valencia no resultaba tan plástico en sus evoluciones como Cruyff, Maradona, Zidane o Ronaldo pero en aquel escaso mes se mostró tan determinante como ellos.

Mario Alberto Kempes con el ValenciaEl 1-0 fue el pistoletazo de salida del fútbol, con ese tanto comenzó otro encuentro. Al filo del descanso, Resenbrink gozó de la primera oportunidad clara de su equipo, per allí estaba Fillol para evitar el empate. En el segundo tiempo, Holanda, acuciada por el paso de los minutos, pareció repetir los errores de la final anterior. Sin embargo, Argentina mermada por la sustitución de su cerebro, Ardiles, que había jugado sin recuperarse del todo de una lesión, se echó atrás mientras sus rivales la acosaban por el aire. Y por el aire, a falta de ocho minutos para el final, llegó el empate obra de un reserva, Naninga. Momentáneamente aturdida y sin reacción, Argentina perdió la compostura y el orden defensivo. En el último minuto, Resenbrink se escapó por la izquierda y superó la salida desesperada de Fillol. Las gradas enmudecieron pensando que el fútbol iba a pagar a su costa la deuda contraída con Holanda años anteriores. Pero el fútbol no entiende de acreedores y el balón pegó en el palo proporcionando a los anfitriones el derecho de disputar la prórroga.

Llegó definitivamente la hora de Kempes. Más entero físicamente que el resto de los jugadores y con mayor determinación que ninguno, le dio a su país el triunfo con dos actuaciones individuales. En la primera, a punto de concluir la primera mitad de la prórroga, se metió en la maraña holandesa como un explorador desesperado que con su machete se deshace de la maleza y de las fieras que se le echan encima. A trompicones logró abrirse paso hasta el área pequeña donde venció la última resistencia, la del irregular Jonbloed. Ya avanzado el segundo tiempo volvió a poner el huracán en marcha.  Ayudado esta vez por Bertoni arrastró a los defensas holandeses para que su compañero anotara el definitivo 3-1. El estadio y el país estallaron de alegría. Y en el palco, Videla, que poco después entregaría la Copa a los campeones, se disponía también a colgarse la medalla de una victoria con la que pretendía tapar los oscuros matices de su régimen.

Kempes lograría a lo largo de su carrera numerosos títulos como la Bota de Oro (1978), Mejor Jugador Sudamericano (1978), Máximo Goleador del Mundial-78 (6 goles), Mejor Jugador del Mundial-78, Máximo goleador de la Liga española por partida doble (1977, 1978), Máximo goleador de la Liga argentina (1974, 1976)  pero ningún premio como el de haber sido el jugador más decisivo para la obtención de aquel Mundial que a día de hoy lleva tatuado su nombre.

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