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El ‘Abecedario’ del fútbol: Jairzinho, el huracán del Botafogo

2 abril 2012

Una estatua de bronce de 2,5 metros de altura sobre un pedestal de otros dos metros es el mejor homenaje que el Botafogo podía hacerle a uno de sus insignes jugadores para reconocer su trayectoria en el club. No está sola, ya que se sitúa al lado de la estatua de otro grande: Garrincha, a quien sucedería tanto en dicho equipo como en la selección nacional de Brasil. Sucedía en 2010 y Jair Ventura Filho, Jairzinho, se emocionaba con el acto que le habían preparado para inmortalizar su leyenda. Sin embargo, la categoría de Jairzinho como futbolista ha sido muy discutida a lo largo de los años. Pelé, por ejemplo, no le incluyó en su lista de los 125 jugadores de la historia, lo que sí hizo con Rivelino o Carlos Alberto.

Jair Ventura Filho 'Jairzinho'

Mirando los números del Huracán del Botafogo se aprecia que no fue uno más en golpear el balón. Con el club carioca jugó más de cuatrocientos partidos y rozó los doscientos goles. Aunque pasó por el Olimpique de Marsella y el Cruzeiro, entre otros, no llegó a alcanzar los registros que lograría con el equipo que sería inicio y fin de su carrera. Con la selección brasileña superó los cien encuentros en los que anotaría un total de cuarenta y cuatro goles, participando en los mundiales de Inglaterra-66, México-70 y Alemania-74. La vitalidad con que asombró en 1970 no apareció en 1966 y menos aún en 1974.

En Inglaterra no fue otra cosa que un parche para el viejo Garrincha. Brasil aterrizó como favorito indiscutible rodeado de una aureola de admiración y preparado para conquistar el título por tercera vez. Si lo conseguía tendría el derecho de quedarse en propiedad con la Copa Jules Rimet. Pero antes que echara el balón a rodar, las aspiraciones de los brasileños sufrieron el primer contratiempo: la estatuilla de oro desapareció. Scotland Yard ofreció sin éxito una recompensa de 6.000 libras esterlinas para recuperarla hasta que un perrito, de nombre Pickles, encontró la Copa escondida en el jardín de un ciudadano de Norkfold, David Corbett, ignorante de poseer el tesoro. Pickles cobró la recompensa en comida canina para el resto de su vida. La policía nunca supo quiénes habían sido los autores del robo.

Los problemas de Brasil en el torneo fueron más serios: la base del equipo que ya era mayor cuatro años antes, entraba en la senectud: Gilmar iba a cumplir los 36, Bellini los acababa de celebrar, Djalma Santos tenía uno más y Garrincha iba camino de los 33. El momento de los nuevos – Tostao, Gerson, Jairzinho- todavía no había llegado. Los demás eran buenos jugadores sin más, excepto Pelé. A sus 25 años se situaba en lo mejor de su carrera y estaba dispuesto a mostrar en Inglaterra las cualidades que no había podido exhibir hasta el momento. Nadie escatimaba en elogios para él y la televisión de todo el mundo no se cansaba de recordar una y otra vez sus goles con la selección y con el Santos. Los ingleses le tenían terror. En realidad, la gran preocupación de los anfitriones era cruzarse con Brasil.

Jairzinho pasó de puntillas por Inglaterra pero cuatro años después aprovechó que el indiscutible protagonista de México-70 fue Brasil. Su ataque lo formaban cinco jugadores de catecismo: Jairzinho, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelino, una de las delanteras más alabadas de la historia. Como sucediera en el anterior torneo, también llegaban rodeados de un gran halo de favoritismo y simpatía. Habían sido los campeones en 1958 y 1962 y muchos estaban convencidos de que su reinado solo se había interrumpido por causa del complot de 1966, una tropelía más de la piratería inglesa.

En la fase de clasificación habían arrollado a Paraguay, Colombia y Venezuela, sin dejarse un solo punto en el camino y con veintitrés goles a favor y solo dos en contra. A pesar de las dudas que suscitaban su portero Félix y las cualidades defensivas de los que lo guardaban – Carlos Alberto, Clodoaldo, Brito y Piazza-, la canarinha parecía segura de superar cualquier obstáculo. Pero habían tenido problemas internos de los que fue víctima el seleccionador Joao Saldanha, que no comulgaba con la dictadura brasileña. Además cuestionó a Pelé, que con 29 años presentaba indicios de miopía. O Rei, que había conseguido su gol mil un año antes, era intocable y el pulso lo perdió el entrenador. En su lugar entró Zagalo y Pelé jugó con lentillas. También fue duda Tostao, el pequeño ariete brasileño que sufrió un desprendimiento de retina pero una doble operación lo dejó listo para el Mundial, o eso pareció a tenor de su rendimiento.

La gran revelación brasileña en México fue Jairzinho, que se alineó como extremo derecho, aunque en el Botafogo muchas veces lo hacía como centrocampista. Carecía del talento de Garrincha, pero sus explosivos arranques, junto a los siete goles que consiguió, algunos espectaculares, hicieron olvidar al Pajarito. Cuando tenía el balón controlado se enfrentaba a los defensas con movimientos y ardiles de púgil, yéndose por potencia y velocidad. En los mundiales de 1966 y 1974, en los que jugó como mediapunta, estuvo muy lejos de su brillante actuación en el torneo de México. Quienes recuerdan aquella cita difícilmente podrían olvidar su potencia, la pasmosa facilidad con que burlaba a los rivales o sus dianas. Hasta la fecha, ha sido el único jugador que ha conseguido marcar en todos los encuentros de una edición mundialista.

Para buena parte de los aficionados que vieron el Mundial de México-70, el fútbol había alcanzado su cénit. El Brasil de aquella edición parecía insuperable. Casi nadie dudaba de que Jairzinho, Gerson, Pelé y Rivelino habían inventado con el balón todo lo que quedaba por inventar. Aquella suerte de fintas, regates, pases, tiros y remates, más cerca de la magia y del arte que del deporte, dejaban poco margen a la esperanza de contemplar algo mejor. No era extraño que el aficionado de la época pensase que la historia del fútbol ya estaba escrita. Se equivocaron.

En Alemania sus movimientos lentos y su posición centrada y retrasada no mejoraron la decepcionante actuación brasileña. De los cinco dieces que habían formado la legendaria delantera del 70 solo quedaban dos: Rivelino y Jairzinho. El primero fue el único futbolista del conjunto que estuvo a la altura de su fama, aunque su brillo, privado de la compañía de Pelé, Tostao y Gerson, no fue comparable con la de la cita mexicana. El segundo cambió la banda por el eje del ataque, y esta posición, unida a su deficiente forma física, apagó las luces de las carreras, de los regates y de los goles que lo habían convertido en el mejor jugador del campeonato anterior.

Jairzinho estuvo jugando al fútbol hasta 1982 cuando decidió colgar las botas porque había llegado el turno de transmitir su sabiduría a los que empezaban fundando una escuela de fútbol. Es en este punto donde quizás hizo la mayor aportación al fútbol mundial gracias al descubrimiento de Ronaldo Nazario de Lima. “Lo vi en un torneo de fútbol sala jugado en Río, en 1989. Era un jugador muy delgado y flaco, pero muy pronto me llamó la atención la categoría que demostraba al jugar” como él mismo contó años después. A Jair Ventura Filho se le recuerda con el 7 a su espalda, como integrante de uno de los mejores equipos de la historia y con un currículum goleador que lo convierten en uno de los nombres propios del fútbol brasileño, en el Huracán del Botafogo.

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