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El ‘Abecedario’ del fútbol: “Hughie” Gallacher, el primer bad boy

20 marzo 2012

11 de junio de 1957, GatesheadSt James’ Park observa en la lejanía y en silencio una imagen que jamás borrará de su retina. Entre las vías del tren camina desesperado un hombre inundado por las lágrimas y la desolación. Sin pensárselo más, al escuchar el silbato que anuncia la inminente llegada del tren, se lanza a sus pies para poner fin a una vida que ya no tiene sentido para él. Su cuerpo decapitado aparecería a cien metros de la dantesca escena y su irreconocible rostro aún muestra signos de extrema tristeza. Los que acuden al lugar no dan crédito a lo que tienen ante sí. No pueden creer que la vida de alguien perteneciente a los “Wembley Wizards” se esfume de esa manera.

Hugh Gallacher nació en 1903 en Escocia, en la ciudad minera de Bellshill. Trabajó en ese oficio antes de dedicarse a lo que mejor sabía hacer: jugar al fútbol. No necesitó demasiado tiempo para obtener el reconocimiento del público y ser internacional con Escocia. Primero, en Queens of the South mostró su excepcional destreza goleadora anotando diecinueve goles en nueve partidos. Después, el Airdrieonians gozó de él desde 1921 hasta 1925, donde anotaría hasta cien goles en múltiplos de tres, cuatro y cinco con demasiada frecuencia. Además de su potencia y precisión como delantero, físicamente era un atleta. Su astucia e inteligencia cobraban  mayor letalidad gracias a su velocidad. Algunos de sus oponentes le tenían miedo por la agresividad con la que disputaba cada jugada.  Con tal currículum no tardó en recibir ofertas de los grandes clubes escoceses e ingleses, como el Newcastle que pagaría 6.500 libras a Airdrie. Su marcha provocó que la afición que lo idolatraba, a pesar de su peculiar carácter, quemara el estadio del Aerdrieonians. Estaban despidiendo al que fuera responsable directo de que el club lograse el subcampeonato de Liga tres veces.

Desde que pisó por primera vez el vestuario del Newcastle ejerció de líder. Incluso aquellos que eran más de diez años mayor reconocieron al insigne jugador que tenían delante. Deportivamente hablando no se le podía considerar un caballero puesto que no dudaba en inventar numerosas artimañas para despistar a los rivales. En la mayoría de las ocasiones los porteros eran su víctima. Imitaba la voz de compañeros rivales para despistar al guardameta y lograr que dejara pasar el balón. Ante el despiste, acuchillaba con su gol. Sin embargo, era común que lo vieran como uno de los mejores delanteros que había existido, aunque sus métodos no fueran demasiado ortodoxos.

Tras su primera temporada con el Newcastle fue nombrado capitán y estandarte del primer título de liga en la campaña 1926-27, con cifras de 39 goles en 41 partidos e instaurando un récord difícil de igualar. El éxito vino acompañado de sus excesos nocturnos. Tenía fama de pasarse las noches de juerga, bebiendo en pubs de la ciudad y fumando hasta cuarenta cigarrillos al día. De manera paralela a sus logros sobre el césped se forjaba un mito fuera de los campos. Inglaterra le estaba dando todo cuanto quería: dinero, fama y mujeres. Tenía vicios, vestía trajes caros y marcó tendencias. Viéndole en fotos se asemejaba más a un mafioso siciliano que a un futbolista profesional, pero a él le encantaba esa fachada de chico malo. Lejos de ser un problema, jamás influyó en su trabajo ya que cada día era el primero en llegar a los entrenamientos e incluso cuando su carrera llegaba al ocaso, su físico le permitía ser más rápido que el resto de compañeros.

 Existen pocos jugadores en el mundo que puedan igualar sus registros. Durante los más de veinte años que jugó y pasando los 600 partidos en Liga, Copa e Internacionales, anotó 463 goles. Por aquel entonces la selección de Escocia todavía se encontraba entre los mejores equipos del mundo, posiblemente superior a Inglaterra, y tenía en “Hugie” Carracher a su súper estrella. Su actuación más recordada se produjo en la jornada en la que los “Wembley Wizards” escoceses batieron 1-5 a Inglaterra en 1928, partido en el que extrañamente no marcó ningún gol. Sí lo haría durante el resto de veces en las que defendió el escudo de su país con más de cincuenta goles y convirtiéndose en el único en anotar cinco en un mismo encuentro.

Hughie GallagherDespués de cinco temporadas en el Newcastle probó fortuna en el Chelsea durante cuatro años. Sin sentar un hogar en ningún club, fichó por el Derby County en el que permanecería un par de cursos. De ahí a estancias fugaces en el Notts CountyGrimsby Town y Gateshead. Su vida sentimental influyó en su juego. Con apenas 17 años se casó con su primer amor, Annie McIlvaney, una chica que trabajaba en la fosa Hattonrig donde era minero. El matrimonio fue un fracaso que duraría solo dos años. En pocas ocasiones se les volvió a ver juntos aunque no llegaron a divorciarse, ya que ella se negó a concedérselo. Por este motivo llegó a la quiebra en 1934, por el gasto en los honorarios de los abogados. Uno de los principales motivos por los que Gallacher no quería regresar a Escocia fue dicha batalla conyugal. Sin embargo, a los pocos meses de llegar a Newcastle conoció y se enamoró de Ana Anderson, la hija de 17 años del propietario de uno de sus bares favoritos. Hasta que no obtuvo el divorcio de su primera esposa, no pudo contraer un nuevo matrimonio con Ana, quien se había  convertido en el núcleo de su vida. Le dio tres hijos y un hogar, obteniendo la calma dentro y fuera del campo.

Quienes le conocían aseguran que con su vida sentimental arreglada y actuando con madurez se transformó en un jugador aún mejor. A la edad de 32 años todavía jugaba para Escocia. Pero echaba de menos vivir en Tyneside. En 1938 el Gateshead FC, un modesto equipo de división inferior pagó 500 libras por él. El público que acudía cada semana a verle agradeció su regreso acudiendo en masa de hasta 20.000 aficionados. Él les correspondió de la mejor forma que sabía: marcando 18 goles en 31 partidos.

Cuando finalmente colgó las botas, Hugie era un hombre feliz.  Poseía un hogar y una familia que adoraba. Además, por las calles y allá por donde iba era recibido como un héroe. Sin embargo, su destino cambió por completo con 54 años. Por un lado, se habla de una discusión familiar interpretada por la policía como maltrato y abuso sobre uno de sus hijos. Debía ser juzgado por ello. Se sentía impotente al ver cómo no podía hacer nada para demostrar su inocencia y que adoraba a sus hijos. Por otro lado, se añade la trágica muerte de su esposa años atrás como consecuencia de una dolencia cardíaca que acabó con su vida repentinamente. Ante tal pérdida su vida se derrumbó encontrando en sus hijos el único aliciente para vivir. Todos, salvo la policía, sabían la historia y el amor que profesaba por su familia. Su vida en ese instante carecía de sentido. Así que decidió poner fin al sufrimiento suicidándose en las vías del tren. Su muerte paralizó a toda una región del norte de Inglaterra. La multitud llenó la ciudad para su funeral. Jóvenes y viejos, hombres y mujeres, muchas llorando, como si estuvieran diciendo adiós a un amigo, acudieron a decirle el último adiós. El Rey de Tyneside había muerto pero nacía la leyenda del más mortífero delantero centro, el héroe de los “Wembley Wizards”, el primer “bad boy”.

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