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Milan-Estrella Roja: Cuando Donadoni estuvo a punto de morir

1 febrero 2012

La década de los ochenta del AC Milan resume a la perfección los contrastes del fútbol. En este caso se trata de luces y sombras extremas que enloquecieron a una afición y condicionaron el devenir del propio club. El primer lustro muestra a grandes rasgos su decadencia, la parte oscura que ningún equipo quiere. En 1980 se vio envuelto en el escándalo del fraude que tenía por objeto amañar resultados en beneficio de intereses ocultos en las apuestas ilegales. El que fuera portero por aquel entonces, Enrico Albertosi, fue suspendido durante cuatro años. Su presidente, Enrico Colombo, lo sería de manera perpetua. El castigo para el Milan fue ejemplar y doloroso para los rossoneri: descenso a segunda división. Su paso fue fugaz y tras un rápido ascenso volvió a perder la categoría, aunque esta vez sería fruto de lo cosechado en los campos de fútbol. En 1984 recuperó lo perdido pero Giussepe Farina, el nuevo presidente, desfalcó al club, huyó del país y dejó a la sociedad al borde de la quiebra y desaparición. Es en ese momento cuando a modo de salvador entra en escena una polifacética figura que no pasaría desapercibida. Se trataba deSilvio Berlusconi, un magnate de la comunicación y del negocio inmobiliario, a priori, sin aparentes pretensiones políticas.

La niebla aparece entre Milan y Estrella Roja

El 20 de Febrero de 1986 Berlusconi asumió máximo poder del club y en poco tiempo lo sacó del infierno elevándolo a los primeros puestos del fútbol europeo. En la campaña 1985-86 el equipo solo alcanzó la séptima posición en liga por lo que tuvo que olvidarse de las competiciones continentales. La temporada siguiente consiguió la quinta plaza que le permitió clasificarse para la Copa de la UEFA. Sin embargo, el presidente ansiaba más de su equipo, así que mandó llamar al desconocido Arrigo Sacchi que en ese momento entrenaba al Parma de la segunda división y que había eliminado al Milan de la Copa De Italia, gracias a una defensa en zona muy agresiva y a una fuerte presión en todo el campo. Su fichaje fue una sorpresa general para la afición, que hubiera esperado un nombre más sonoro. El éxito del Milan de Sacchi, de su presidente y del estupendo grupo de futbolistas holandeses e italianos se vio favorecido por una dosis de suerte que evitó el descalabro cuando parecía inevitable.

Sin el milagroso Scudetto de 1988 y sin la clasificación para los octavos de final de la Copa de Europa todo habría quedado en una cortina de humo fácilmente evaporable. La temporada 1987-88 comenzó con muchas novedades en el banquillo ya que dos jóvenes holandeses llegaban al equipo: Ruud Guillit y Marco Van Basten, y un centrocampista italiano muy aplicado, Carlo Ancelotti. Este trío se unía a varios que ya estaban integrados en la plantilla como los defensas Mauro TassottiAlessandro CostacurtaFranco Baresi y Paolo Maldini, el centrocampista Roberto Donadoni o los delanterosMassaro y Pietro Paolo Virdis.

Milan 1988

Tras la época negra, el ambiente entre los aficionados era de optimismo, algo a lo que conducía el carácter atrevido del nuevo presidente. Berlusconi fue desde su llegada al AC Milan un hombre peculiar y pintoresco. Se trataba de un multimillonario que había obtenido su fortuna gracias a una habilidad y desparpajo que apuntaba a trasladar sin mesura al fútbol. La lesión de Marco Van Basten en la primera jornada mermó gran parte de las expectativas a la vez que el juego del grupo no terminaba de convencer. Por un lado, la defensa adelantada y en zona de Sacchi concedía pocos goles. Por otro, los problemas para anotarlos también quedaban patentes en cada partido. Necesitaban con urgencia encontrar un equilibrio que no demoraría.

Durante la segunda vuelta de la Liga, Sacchi fue perfeccionando minuciosamente la máquina ajustando las piezas a sus posiciones adecuadas. Sobre todo puso especial interés en conseguir la consolidación defensiva que deseaba y en aprovechar al máximo la recuperación de Van Basten. Tardaría en reencontrarse con su toque pero que anotaría goles decisivos en los últimos partidos. Si el Nápoles no hubiera sufrido el considerable bajón en aquella temporada, el Milan no habría jugado la Copa de Europa de 1988-89. Ahí comenzó su leyenda. Labrada en un periodo corto pero intenso de juego asfixiante para sus rivales, gustoso para sus seguidores, atractivo para los neutrales e ilustrativo para todos.

Al armazón de la temporada anterior, se sumó otro delantero holandés: Frank Rijkaard. Aterrizaba en Italia después de un año deslucido en el Zaragoza y rápidamente demostró que era la pieza que faltaba para completar un potente centro del campo que unificaba clase, fuerza y disciplina táctica. Sin embargo, su fichaje no fue fácil. El entrenador le quería pero Berlusconi prefería recuperar al argentino Claudio Borghi. Ganó Sacchi y Frank constituyó junto con Guillit y Van Basten un trío de nivel superior que no pudo ayudar al equipo a mantener el ritmo infernal del Inter en Liga. Aquello, no obstante, parecía un asunto menor, porque todos miraban con deseo a la Copa de Europa y a los veinte años que habían pasado desde que la levantaran por última vez.

Tras superar el trámite ante el Vitosha de Sofía, el sorteo les emparejó con el campeón deYugoslavia, el Estrella Roja, que contaba en excelentes jugadores como Savicevic oStojkovic. El partido de ida se complicó y solo pudieron arañar un empate a uno. De ese modo la vuelta se presentaba apasionante e incierta para ambos clubes, sobre todo para los lombardos. En el partido de vuelta se coló un testigo especial: la niebla. Ésta, a medida que iba cayendo, se agolpaban las desgracias sobre el conjunto de Sacchi. A las expulsiones deVirdis y Ancelotti, se sumó el gol de Savicevic a los 50 minutos. Con nueve jugadores, la remontada era prácticamente imposible. Pero el milagro llegó gracias al reglamento de la UEFA. A los 54 minutos la visión era imposible por lo que el árbitro decidió suspender el partido. Aplicando una norma injusta, para los yugoslavos, por la que los dirigentes europeos ordenaron repetir el partido al día siguiente pero desde el principio y con el cero- cero en el marcador, además de con los 22 jugadores. De nada sirvieron las protestas ante la situación claramente beneficiosa para el Milan.

La niebla no fue el único contratiempo de la eliminatoria. Robeto Donadoni en el partido de vuelta quedó tendido inconsciente, inhalando en busca de oxígeno. Se salvó solo gracias a la rápida intervención del fisioterapeuta del Estrella Roja, quien no dudó en romperle la mandíbula para evitar que se tragase la lengua y librarle de una muerte segura. Roberto había chocado con el defensa Vasilijevic cuando ambos saltaron en la pugna por un balón durante el minuto 43. Tras el choque de cabezas, el jugador Estrella Roja se recuperó de inmediato pero Donadoni quedó inconsciente mientras sus compañeros llamaban con urgencia al médico. Como el propio Reuter dijo: “No tuve otra opción que romperle la mandíbula con mis manos para liberar su lengua. Cuando alguien sufre una conmoción así el peligro es inmediato. Traté de sacarle la lengua pero no pude. Entonces, simplemente le partí la mandíbula empleando la fuerza bruta.” Donadoni recuperó la consciencia en ese instante pero su cuerpo comenzó a convulsionar. Fue trasladado al hospital donde le diagnosticaron traumatismo, mandíbula fracturada y desgarro en los músculos del cuello pero permaneciendo, ante todo, estable.

El segundo choque no fue fácil y se volvió a repetir el mismo resultado: 1-1 con goles de Van Basten y Stojkovic. El azar quiso favorecerles en los lanzamientos de penaltis cuya tanda ganó 4-2. Superado un otoño de niebla e incertidumbre futbolística, les esperaba una gloriosa primavera. Tanto el Werder Bremen como el Real Madrid de la Quinta del Buitre abrieron el camino del Milan a la final ante el Steaua de Bucarest. Un paseo triunfal disputado en el Camp Nou. La anécdota de la jornada fue a parar a la retransmisión del encuentro. Una huelga de trabajadores de TVE impidió que se pudiera ver en España. A última hora se llegó a un acuerdo con la RAI para que retransmitiera el partido.

Los rumanos recordando el éxito imprevisto de la final en Sevilla ante el Barça salieron convencidos de mantener el empate a cero. El prodigioso fútbol del Milan los avasalló por completo. Antes del primer gol conseguido por Gullit, el Steaua no había atravesado el centro del campo asustado por la apisonadora italiana. Se marcharon al descanso con una amplia ventaja de tres goles. En el primer minuto del segundo tiempo, Van Basten anotó el definitivo 4-0. La Europa futbolística se rindió a los pies del equipo.

En la temporada 1989-90, el Milan obtuvo su segunda Copa de Europa consecutiva. Esta vez no necesitó ayudas extras como las de Belgrado pero tampoco repitió las brillantes actuaciones de la semifinales o final. Se llevaron el título gracias a un gol de Rijkaard en el minuto 68 ante el Benfica, que solo se limitó a defender mientras sufrían la agobiante presión del Milan. Nadie parecía dudar de que aquel equipo mantendría su reinado durante varios años más, pero no fue así. Los dioses, a veces, también son limitados, aunque la leyenda se preocupe por hacernos creer lo contrario.

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