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Mágico González o el placer del balón

7 enero 2012

“Solo juego por diversión, no por dinero”. Mágico González no entendía de horarios, de disciplina ni de orden. No le gustaba madrugar y no concebía un entrenamiento sin el balón en los pies. Era peculiar y carismático. Desordenado, caótico y difícil de llevar. Habría sido un auténtico desastre de no ser por su genialidad. Quien lo tuvo cerca no duda en asegurar que técnicamente era mejor que Maradona pero su anarquía interna le impidió superarle ni ser buen amigo de él. Quizás fue al revés y su impertinencia le convirtió en leyenda.

Mágico González, ídolo del Cádiz

Para hablar de Jorge Alberto González Barillas es necesario comenzar por lo que menos le gustaba, el lado profesional del fútbol. Inició su carrera a los 17 años en el Antel, donde el periodista Rosalío Hernández Colorado le bautizó como El Mago. La ausencia de un patrocinador para el club propició la desaparición del mismo y que numerosos jugadores emigraran al Universidad de Guadalajara, que sería quien ocuparía su plaza. Solo dos semanas fueron suficientes para que la directiva rechazara a Mágico por su, supuesta, escasa calidad.

Poco tiempo necesitaría el salvadoreño para demostrarles su gran error ya que el CD Fas de Santa Ana pagó por él una desorbitada cantidad para la época (60.000 colones), que pronto sería amortizada con sus recitales sobre el césped y con los títulos que ayudó a conseguir. Fueron años intensos pero plagados de buenas sensaciones. A nivel internacional, su convocatoria con se selección y la importancia de sus aportaciones propiciaron la clasificación para el Mundial de España. Inmediatamente despertó el interés de numerosos clubes europeos que acechaban con insistencia para contratarlo. Pudo jugar con el Paris Saint-Germain, si se hubiera presentado a la reunión con los franceses pero él no entendía de horarios.

Su presencia en el Mundial del 82 le abriría las puertas de más equipos. Varios le tantearon sin fortuna. Su destino estaba reservado para el Cádiz: había nacido un mito y un nuevo ídolo para la afición, cuyo recuerdo permanecería intacto a través de los años. Fueron sus temporadas más dulces pero las muestras de indisciplina pasaron de tropiezos puntuales a desplantes diarios. El club se cansó y decidió castigarle mandándolo a Valladolid. Ambas partes perdieron. La luz de Mágico se apagó mientras los cadistas anhelaban su regreso. Y volvió para quedarse cinco temporadas más. Tan solo se marcharía cuando decidió que el final de su carrera debería producirse en su país y en el club que le impulsó al estrellato, el FAS Santa Ana, con la condición de poder entrenarse al ritmo que él quisiera y por mucho que distara del de sus compañeros.

Mágico González fue único dentro y fuera de los campos. A él no le gusta que se le recuerde por los goles que marcó, ni por los equipos que le contrataron. Él simplemente ha querido que se le recuerde porque su vida era el fútbol. Siempre en contacto con el esférico sin que todo lo demás importase, salvo su ociosa vida. Detestaba las normas, los horarios y los entrenamientos sin balón. A David Vidal, el técnico que más tiempo estuvo con él, siempre le decía que sin una pelota por medio él no iba a entrenar, y así lo hacía.

No necesitaba domesticar ese talento innato que le permitía hacer controles con el pie con paquetes de tabaco, ni afinar su puntería o mejorar la potencia. Sin embargo, las carencias tácticas se reflejaban cuando no sabía dónde colocarse en las faltas e iba a preguntarle al técnico en mitad de la jugada. Sabía compensar estos deslices con la delicadeza que poseía en los pies para acariciar el balón, aunque de cabeza tampoco iba mal. Maestría y picaresca, una mezcla explosiva que pudo estallarle en las manos.

Las anécdotas sobre sus peripecias recorrieron el mundo entero. Desde quedarse dormido para jugar el Trofeo Carranza contra el FC Barcelona, llegar en el descanso y darle la vuelta al partido hasta necesitar de un “espía” que recordase horarios, encuentros y viajes. El mismo entrenador y gran amigo, David Vidal, cuenta cómo tuvo que acudir a su casa para recogerlo antes de partir con el Barça a Estados Unidos, para que no perdiera el avión tras una noche de juerga. En aquella misma gira y tras sonar la alarma de incendios del hotel en el que se hospedaba, prefirió quedarse en la habitación en buena compañía antes que abandonarlo como el resto.

La vida del Mago está repleta de situaciones similares. Una vida atípica no falta de excesos y en la que nunca pudo comprender el fútbol como un trabajo, si así hubiera sido jamás habría brillado como lo hizo. Se trataba de un alma indomable cuyos rivales veían aparecer por la banda, imparable, con cara de sueño pero con la agilidad despierta para destrozar al contrario. Juego rebelde a la par que poético que cautivó a todo el que le vio jugar. En Cádiz vivió en simbiosis con la ciudad, el equipo y la afición. Le proporcionaron la libertad y alegría que necesitaba para ser él mismo y, a cambio, el gran Mago del balón les regaló su tesoro más preciado: su amor por el fútbol.

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